Es habitual imaginar el cerebro como una pieza que se construye en la infancia y después ya no cambia. La realidad es más interesante: el cerebro se va adaptando a lo que vivimos, practicamos y aprendemos. A esa capacidad de cambio se la llama neuroplasticidad. En este artículo te explicamos qué es, qué muestran algunos estudios famosos y qué se sigue discutiendo.
¿Qué significa neuroplasticidad?
La neuroplasticidad es la capacidad del sistema nervioso para modificar su estructura y su funcionamiento en respuesta a la experiencia. Dicho de forma sencilla: las conexiones entre neuronas pueden fortalecerse, debilitarse o reorganizarse según cómo usemos el cerebro.
No es un interruptor que se enciende y se apaga. Ocurre de forma continua y a escalas muy distintas, desde cambios diminutos en cómo se comunican dos neuronas hasta ajustes en redes enteras. Es más intensa en la infancia, pero no desaparece con la edad.
¿Cómo funciona la neuroplasticidad en el cerebro?
Para entender la neuroplasticidad, primero debemos fijarnos en cómo se comunican las neuronas. Estas células transmiten información mediante señales eléctricas y químicas, y establecen puntos de comunicación llamados sinapsis.
Cuando aprendemos o practicamos una habilidad, la actividad de determinadas redes neuronales puede modificar la eficacia de sus conexiones. Algunas se fortalecen, otras se debilitan y, en determinadas circunstancias, también pueden producirse cambios en la estructura de esas redes.
Estos procesos no ocurren todos de la misma manera ni a la misma velocidad. Algunos cambios pueden producirse rápidamente, mientras que otros requieren práctica repetida y tiempo.
La neuroplasticidad es, por tanto, un conjunto de mecanismos que permiten al sistema nervioso adaptarse a la experiencia, no un único proceso que podamos activar a voluntad.
Los taxistas de Londres: un ejemplo de adaptación cerebral.
Para conseguir la licencia de taxista en Londres, los aspirantes deben aprender a orientarse por una extensa red de calles y puntos de interés. Esta preparación, que puede prolongarse durante varios años, ofrece una oportunidad excepcional para estudiar cómo responde el cerebro al aprendizaje intensivo.
En el año 2000, la neurocientífica Eleanor Maguire y su equipo compararon las resonancias magnéticas de 16 taxistas londinenses con las de 50 personas que no ejercían esa profesión. Descubrieron que los taxistas presentaban un mayor volumen en la parte posterior del hipocampo, una región cerebral relacionada con la memoria y la orientación espacial. También observaron una relación entre el tiempo dedicado a la profesión y el volumen de determinadas zonas del hipocampo.
Sin embargo, aquel estudio dejaba una pregunta abierta: ¿había cambiado el cerebro de los taxistas como consecuencia de su experiencia o ya presentaban esas características antes de comenzar?
Para investigarlo, Katherine Woollett y Eleanor Maguire realizaron un segundo estudio, publicado en 2011. Examinaron a 79 aspirantes a taxistas y a 31 participantes de control, y volvieron a evaluarlos unos tres años después.
Al comenzar, no encontraron diferencias significativas en el volumen del hipocampo entre los grupos. Al finalizar el seguimiento, los aspirantes que habían conseguido la licencia mostraron un aumento de materia gris en la región posterior del hipocampo. Este cambio no se observó en quienes no lograron obtenerla ni en el grupo de control.
Los resultados aportaron evidencias de que una experiencia de aprendizaje prolongada puede asociarse con cambios medibles en la estructura cerebral durante la edad adulta.
El estudio también mostró que los taxistas que habían obtenido la licencia presentaban un peor rendimiento en una prueba de memoria visual que requería recordar una figura compleja después de un intervalo de tiempo. Este resultado pone de manifiesto que la especialización en una habilidad no implica necesariamente una mejora general de todas nuestras capacidades cognitivas.

Aprender a hacer malabares también puede cambiar el cerebro.
¿Puede aprender una habilidad nueva producir cambios medibles en el cerebro adulto? Un estudio publicado en la revista Nature en 2004 investigó esta cuestión utilizando una actividad aparentemente sencilla: hacer malabares.
Los investigadores pidieron a un grupo de adultos jóvenes que aprendieran a mantener tres pelotas en el aire. Compararon imágenes de sus cerebros antes del entrenamiento, después de tres meses de práctica y tras otros tres meses sin practicar.
Los participantes que habían aprendido a hacer malabares mostraron aumentos de materia gris en determinadas regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento visual del movimiento. Estos cambios no se observaron de la misma manera en el grupo que no realizó el entrenamiento.
Cuando los participantes dejaron de practicar, los aumentos observados disminuyeron, aunque no desaparecieron necesariamente por completo.
Este experimento aportó evidencias de que aprender una habilidad puede asociarse con modificaciones estructurales medibles en el cerebro adulto.
Sin embargo, es importante interpretar correctamente los resultados: el estudio no demuestra que hacer malabares mejore la memoria, la inteligencia o cualquier otra capacidad cognitiva. Lo que muestra es que el cerebro puede experimentar cambios relacionados con una experiencia de aprendizaje específica.
¿Cómo se manifiesta la neuroplasticidad en la vida cotidiana?
La neuroplasticidad no es un fenómeno exclusivo de los laboratorios. También interviene en muchas de las experiencias que forman parte de nuestra vida cotidiana, especialmente cuando aprendemos, practicamos o nos adaptamos a situaciones nuevas.
Pensemos, por ejemplo, en alguien que empieza a tocar un instrumento musical. Al principio, coordinar los dedos, seguir el ritmo y reconocer las notas requiere mucha atención. Con la práctica, determinados movimientos y secuencias se vuelven más fluidos. Detrás de ese aprendizaje intervienen cambios en el funcionamiento de las redes neuronales relacionadas con la habilidad adquirida.
Algo parecido sucede cuando aprendemos un idioma, practicamos un deporte o nos familiarizamos con un recorrido desconocido. Cada experiencia implica procesos diferentes, pero todas muestran la capacidad del sistema nervioso para adaptarse a nuevas demandas.
La neuroplasticidad también participa en la recuperación de determinadas funciones después de una lesión cerebral. En algunos casos, los procesos de rehabilitación aprovechan esta capacidad de adaptación para favorecer la recuperación, aunque los resultados dependen de numerosos factores y no siempre es posible recuperar las funciones perdidas.
Lo importante es comprender que estos cambios no ocurren de forma automática ni garantizan mejoras generales en nuestras capacidades cognitivas. Aprender una habilidad puede modificar las redes neuronales implicadas en ella, pero eso no significa necesariamente que mejoremos en otras actividades diferentes.
La neuroplasticidad nos ayuda a entender por qué el cerebro conserva capacidad de adaptación a lo largo de la vida, aunque esa capacidad varía según la edad, las experiencias y las circunstancias de cada persona.
¿Qué sabemos y qué sigue investigándose?
La neuroplasticidad es un fenómeno ampliamente reconocido por la comunidad científica. Sabemos que el sistema nervioso puede modificar su funcionamiento y que determinadas experiencias de aprendizaje y entrenamiento se asocian con cambios medibles en el cerebro.
Sin embargo, todavía existen preguntas importantes sobre cómo se producen algunos de estos cambios, cuánto duran y hasta qué punto pueden atribuirse a una actividad concreta.
Por ejemplo, cuando una resonancia magnética muestra un aumento de materia gris, no podemos concluir automáticamente que se hayan formado nuevas neuronas. Estas imágenes permiten detectar diferencias en el tejido cerebral, pero no siempre identificar los procesos celulares responsables.
En 2013, los investigadores Thomas y Baker publicaron una revisión crítica sobre los estudios de plasticidad estructural en adultos. Señalaron que determinadas limitaciones metodológicas podían influir en los resultados y destacaron la necesidad de utilizar diseños experimentales y métodos de análisis más rigurosos.
También es importante distinguir entre mejorar una habilidad específica y conseguir beneficios en otras capacidades diferentes. Practicar una actividad puede favorecer el rendimiento en esa tarea, pero no garantiza que sus efectos se extiendan a la memoria, la atención o la inteligencia en general.
Por tanto, la cuestión no es si el cerebro puede cambiar, sino comprender mejor qué cambios se producen, cómo podemos medirlos y cuáles son sus consecuencias reales.
La neuroplasticidad nos acompaña durante toda la vida.
Nuestro cerebro no es una estructura rígida que deja de cambiar cuando alcanzamos la edad adulta. A lo largo de la vida, las experiencias, el aprendizaje y la práctica pueden modificar la manera en que funcionan y se organizan determinadas redes neuronales.
Los estudios sobre los taxistas de Londres y el aprendizaje de malabares nos muestran que incluso el cerebro adulto puede experimentar cambios medibles relacionados con habilidades específicas. Sin embargo, estos resultados no significan que cualquier actividad produzca los mismos efectos ni que podamos mejorar todas nuestras capacidades cognitivas simplemente ejercitándolas.
La neuroplasticidad tampoco actúa de la misma manera en todas las edades o circunstancias. Su alcance depende de numerosos factores, y comprender sus mecanismos sigue siendo un importante campo de investigación.
Lo verdaderamente interesante es que nuestro cerebro conserva capacidad para adaptarse a nuevas experiencias. Aprender algo nuevo, practicar una habilidad o enfrentarnos a situaciones diferentes forman parte de esa relación continua entre lo que vivimos y cómo funciona nuestro cerebro.
Referencias bibliográficas
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